Centros clandestinos de detención: cuando la memoria es lo último que se pierde

Diálogo con Luciano Grassi, docente e investigador de la UNQ y referente en el área.

La memoria se levanta, se construye y se reconstruye; se modifica, se calibra y se precisa; nace, crece y madura; una y otra vez, sin prisa pero sin interrupción. La memoria es producida –y a la vez– desborda a las personas, de hecho, suele asociarse a los sitios físicos: basta con ingresar a la ESMA para conmoverse, para experimentar la coreografía de los pelos del antebrazo que se erizan ante la explicación del guía que orienta las racionalidades y las emociones de los visitantes.
 
Sin embargo, no hace falta visitar la ESMA porque Quilmes tuvo sus propias oscuridades. Según señala Luciano Grassi, docente, investigador y coordinador del Diploma de Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), el distrito tuvo una decena de centros clandestinos utilizados para practicar terrorismo de Estado. Bajo esta premisa, realizar un trabajo arqueológico del pasado puede ser fundamental para alumbrar el presente y, sobre todo, para orientar el futuro. En esta ocasión, Grassi describe en qué consisten sus proyectos de investigación y extensión, al tiempo que explica por qué la Universidad puede desempeñar un rol clave en la gestión de memoria.
 
Usted investiga en el campo de la memoria, ¿qué específicamente?
-Nuestro proyecto de investigación está orientado al Centro Clandestino de Detención “La Cacha”. Está orientado a la práctica profesional porque se trata de un documental interactivo 3D. Es dirigido por María Valdez y a mí me toca codirigirlo, en asociación con la productora Huella Digital que ya contaba con experiencia en este tipo de desarrollos aplicados a centros clandestinos. El trabajo que hacemos no solo tiene relevancia desde una perspectiva educativa, sino también cobra fuerza desde otro lugar en la medida en que el producto comunicacional puede ser utilizado como testimonio judicial. Huella Digital, por ejemplo, había abordado el caso de la ESMA y su aporte, en ese caso, fue tenido en cuenta en la justicia. En el caso de La Cacha, el proyecto de investigación confluye con el de extensión.
 
¿En qué sentido?
-Porque para el proyecto de extensión del que participo (denominado “Universidad, memoria y ciudadanía”), previamente, habíamos filmado el juicio que corresponde a una parte importante de la causa, entre 2013 y 2014. Teníamos todo el registro, de hecho, durante ese año llevamos a un graduado (Ignacio Carullo) para que realice la cobertura de las audiencias. Realmente fue un trabajo monumental: más de 54 encuentros y 400 horas de grabación. Realizamos un visionado pormenorizado, analizamos los testimonios brindados por los exdetenidos y, además, rastreamos fuentes documentales.
 
¿Qué sucedió con La Cacha?
-El sitio fue destruido en 1981 y excavado por el Equipo Argentino de Antropología Forense en 2012. Hoy pertenece al predio del Servicio Penitenciario Bonaerense lindero a la cárcel de Olmos. Aunque su acceso no es público, conseguimos visitar el lugar. Lo único que quedaron son las bases de lo que alguna vez fue el edificio principal, mientras que el resto fue modificado. Entonces, con los planos del lugar, los testimonios filmados, los croquis que comunicaban los exdetenidos y con las fotos de archivo (producto de un trabajo de la Facultad de Arquitectura de la UNLP, que permitió reconstruir cómo era por dentro el lugar) logramos configurar una pieza comunicacional muy verosímil respecto de lo que había sucedido. ¿Sabés por qué se llamó La Cacha?
 
No.
-“La Cacha” es una apócope de Cachavacha. La bruja Cachavacha era un personaje creado por Manuel García Ferré que vivía sola en un lugar alejado y poseía una escoba que todo lo que barría lo hacía desaparecer.
 
Qué perversidad. Frente a ello, ¿por qué construir memoria?
-El trabajo en memoria consta de múltiples capas: una educativa que es insoslayable y otra muy importante que se vincula con la propia democracia. Ambos proyectos, tanto el de investigación como el de extensión, son trabajos que abren puertas, que se modifican todo el tiempo de manera notable, que se van ajustando, que se calibran de acuerdo a nuestros intereses y lo que la realidad demanda. Con el de extensión es más claro porque existe hace diez años; y hoy tiene asociado un diploma de Gestión y Diseño Institucional de Sitios de Memoria, así como también las tareas vinculadas a otro Centro Clandestino de Detención como fue el Pozo de Quilmes. La UNQ acompañó a ese proyecto desde su gesta en 2016, cuando se armó la ley y cuando se firmaron los convenios (para preservarlo y crear un sitio de memoria). Eso da cuenta, desde mi perspectiva, del compromiso que tenemos con estos temas. Hay que señalar que no es lo mismo realizar un reclamo simbólico que luego gestionar dichos espacios.
 
La gestión de sitios de memoria es muy interesante…
-Por supuesto, implica algo totalmente distinto: una vez que los espacios se consiguen, hay que llevarlos adelante y no es nada fácil. Según la ley que regula la preservación del Pozo de Quilmes, el sitio debe ser gestionado por 99 años. Implica hacerse cargo por un siglo, es un desafío impresionante. Los lugares van mutando, se reconfiguran físicamente todo el tiempo. Te cuento una anécdota que me marcó.
 
Adelante.
-Hace algunos años realizábamos visitas guiadas a la ESMA y llevábamos a estudiantes de la UNQ a que pudieran conocerla; era un proceso pedagógico muy intenso. Cuando el sitio empezó a crecer, ante el pedido de realizar una nueva visita, nos respondieron: “¿No tienen otro lugar adonde ir?”. Esa respuesta nos sacudió y nos obligó a pensar en la memoria de Quilmes, de nuestro lugar. A partir de allí nos pusimos a trabajar aquí.  En 2016, de hecho, publicamos un libro con María Sonderéguer, “Arqueología del terrorismo de Estado en el partido de Quilmes”, con el propósito de poder reunir en un mismo volumen todas las experiencias asociadas a centros de exterminio.
 
¿Y qué hallaron?
-Llegamos a la conclusión de que, aunque transcurrió muchísimo tiempo, aún estamos muy lejos de saber lo que realmente pasó. Cuando decimos que hubo, al menos, 10 espacios utilizados como centros clandestinos en Quilmes todo el mundo se sorprende.
 
Sorprende, precisamente, por lo poco que se sabe. ¿Qué rol tiene la UNQ en esta línea?
-El horizonte es pensar a la Universidad como institución pública con un fuerte compromiso con la constitución de ciudadanos y profesionales, individuos con una base importante en los derechos humanos. La reconstrucción de la memoria respecto del genocidio local es central. Todavía no hay justicia: recién se está haciendo el juicio y pasaron 45 años. El asunto recién arranca. 
 
Menos mal que tenemos memoria…
-Sí, y menos mal que en la sociedad, todavía, quedan muchos grupos que construyen y que trabajan en este sentido. En definitiva, la construcción de memoria es la construcción de país.

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