Violencia de género: las huellas de la historia en el cuerpo de las mujeres

Desde hace más de 100 años, el 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Es un día reivindicativo en la agenda feminista: se recuerdan los logros alcanzados, se reclama por los retos pendientes. Tiene su origen institucional en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, de 1910, realizada en Copenhague, Dinamarca, donde se propuso establecer un día por el derecho al voto y por la emancipación política de la mujer. La fecha tiene su historia. El relato más extendido recuerda a las obreras de una fábrica textil de Nueva York que, en marzo de 1857, comenzaron a organizarse para reclamar mejores condiciones laborales; así como las protestas y movilizaciones de marzo de 1911, también en Nueva York, que culminaron con el incendio de la fábrica TriangleShirtwaisen, donde murieron quemadas 146 trabajadoras. Finalmente, la fecha se oficializó en 1975, cuando la Organización de Naciones Unidas la proclamó como el Día Internacional por los Derechos la Mujer.

¿Qué demandas supone conmemorar el Día Internacional por los Derechos de la Mujer? ¿Qué implica que el suceso que fecha la conmemoración narre el incendio de una fábrica neoyorkina en el que mueren calcinadas un centenar de mujeres? Acercarnos con estas inquietudes a las indagaciones sobre pasados represivos modifica las preguntas con que abordamos esa historia reciente, cambia la delimitación de los hechos investigados, resignifica las interpretaciones de los tipos jurídicos existentes.

¿Qué sucede cuando abordamos desde esta perspectiva los testimonios de las víctimas del terrorismo de Estado en Argentina? ¿Cómo se escriben y se inscriben en los cuerpos los enunciados de la represión? Incorporar la mirada de género al análisis del plan sistemático de represión y exterminio ilumina con nuevos interrogantes tanto la reflexión sobre las lógicas represivas como el sentido de los procesos de memoria, verdad, justicia y reparación. La indagación sobre la violencia sexual ejercida durante la última dictadura nos permitió observar cómo la estructura de poder entre los géneros se sostuvo y reafirmó el sistema hegemónico masculino al mismo tiempo que se mantuvo invisibilizada trascendiendo el propio terrorismo de estado. Los abusos y las múltiples formas de sometimiento sexual no fueron casos aislados, no fueron hechos eventuales, sino que se trató de prácticas sistemáticas. En el tributo sexual del cuerpo de las mujeres (desnudez forzada, manoseos de carácter sexual, abusos, penetración con objetos, violaciones, esclavitud sexual, abortos forzados, partos clandestinos…) se condensó una arcaica usurpación y privación de derechos. Durante la dictadura, la conjunción entre militarismo y patriarcado se mostró como el camino correcto y espacio restaurador de un “orden” que asignaba a las mujeres un papel de cuidado, de control y de policiamiento familiar. En los crímenes sexuales se confirmó el desposeimiento de las mujeres, el enfrentamiento de los varones con otros varones, el reforzamiento del estatus masculino.

Pensadas como venganza o castigo, como acto disciplinador hacia aquellas mujeres que se desplazaron de su posición subordinada; pensadas como agresión y como afrenta hacia los otros varones, como un acto de restauración de un poder que había sido puesto en cuestión; o bien pensadas como demostración de virilidad ante una comunidad de pares, en las violencias sexuales se expresó un acto de poder.

Por ello, la mirada de género no ilumina tan solo a la memoria sino que ancla en el presente. Analizar el abuso y la violencia sexual en el marco del plan sistemático de represión y exterminio contribuyó a hacer visible un núcleo duro de las relaciones de poder en el cual el cuerpo de las mujeres es territorio de quien tiene ese poder. Y estas relaciones de poder están naturalizadas. Es preciso discutir por qué y cómo -a contrapelo del profuso aparato normativo que la aborda, la tipifica y la judicializa- aún hoy se consiente o autoriza la violencia de género. Es preciso afirmar la soberanía sobre nuestros cuerpos. Es preciso desarmar las desigualdades y construir un camino a transitar según nuestro propio deseo. Porque la violencia sexual en la dictadura no nos informa de una situación de excepcionalidad. La violencia de género es un continuo en el caso de las mujeres. Por ello, el 8 de marzo, nosotras paramos. Porque nuestras vidas valen.

Texto: María Sonderéguer, directora del Observatorio de Memoria, Género y Derechos Humanos
Edición: Programa de Comunicación Pública de la Ciencia “La ciencia por otros medios”

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