Amar la incertidumbre: desencuentros, infidelidades, homicidios

Se nos enseña que no hay distancia para el amor. Se nos dice -o al menos ello sucede en las películas más taquilleras de Hollywood- que dos enamorados pasan 2, 5 o 10 años sin verse, olerse o tocarse pero al reencontrarse comprueban que la llama de la pasión se mantiene intacta, que el tiempo no ha transcurrido y que ni un océano fue capaz de licuar tanto sentimiento. Sin embargo, la vida no es tan lineal y perfecta como los guionistas planifican y como muchos quisiéramos. María Bjerg, Doctora en Historia (UBA) y docente investigadora de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) en el Centro de Estudios de Historia, Cultura y Memoria, hace gala de su escepticismo y se introduce de lleno en las emociones, un tema al que la ciencia le suele repeler. ¿Qué ocurría con aquellos europeos que, a fines del siglo XIX y principios del XX, abandonaban a sus esposas e hijos y migraban a Buenos Aires? En concreto, ¿qué sucedía cuando, luego de algunos años, el hombre dejaba de responder a las cartas, ya no mandaba dinero y su mujer se aparecía en su nueva casa de sorpresa? ¿De qué manera los desencuentros culminaban en pleitos judiciales, lesiones y muerte? En esta entrevista, Bjerg desanuda algunos interrogantes y cuenta de qué va el último libro que publicará el próximo mes por la editorial de la Universidad.

-Usted se especializa en historia de las emociones, ¿de qué se trata?
-Es un campo muy desarrollado en otras historiografías (Inglaterra o Alemania) pero en Argentina no ha tenido mucho éxito hasta el momento. Concibe que las emociones, a pesar de su dimensión biológica, son construcciones socioculturales y, por lo tanto, los individuos se adaptan a regímenes específicos. Me interesa cruzar esta perspectiva con las migraciones, un campo en el que he investigado durante mucho tiempo. Sucede que los viajes siempre fueron caracterizados como experiencias emocionales muy fuertes.

-El mes que viene la editorial de la UNQ publicará “Lazos Rotos. Inmigración, matrimonio y emociones en la Argentina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX”…
-En este caso, intento explorar y analizar cómo, tras las migraciones masivas de finales del siglo XIX y principios del XX, las relaciones matrimoniales y el amor se transformaban en rencor, odio y tristeza. Seguí el rastro de estas travesías y redacté las historias individuales con paciencia de artesana. Normalmente, era el hombre quien migraba primero desde Italia o España hacia nuestro país y su esposa junto a sus hijos aguardaban por su regreso, o bien, esperaban el envío de pasajes por parte de sus maridos. El problema es que, en muchos casos, ello no ocurría y cuando sucedía mediaban tantos años que las subjetividades de los cónyuges resultaban trastocadas.

-¿Dejaban de quererse?
-Y es que luego de diez años de no verse, las relaciones se enfriaban y se volvían muy difíciles de recomponer. De este modo, muchos hombres formaban nuevas familias en el país. Me centré en explorar expedientes judiciales y solo algunas cartas, ya que la gran mayoría de las personas era analfabeta y pagarle a alguien que escribiera no salía nada barato. Así es como se generaban baches muy grandes en que las parejas no cruzaban mensajes y no tenían noticias. Me llevé enormes sorpresas: por ejemplo, tras recibir rumores de infidelidad en Europa, muchas mujeres viajaban y los denunciaban ante la justicia local. Iniciaban demandas y algunos terminaban presos por sostener relaciones de bigamia. Cuando lo indagaban al acusado, una expresión que se utilizaba muchísimo era: “Creí que mi esposa había muerto”.

-Una excusa original…
-Bueno, sí, convengamos que no estaba muy argumentado el asunto. Suena dramático y, es cierto, para los propios actores lo debió haber sido. Pero, analizado a la distancia, es muy divertido. En otras oportunidades, sin embargo, no formaban otra familia ni se volvían a casar. Las mujeres viajaban desde España e Italia y se intentaban acoplar a la nueva vida de su pareja, pero la relación, pese a querer reflotarse, no volvía a robustecerse.

-¿Por qué?
-Porque el amor ya se había reconfigurado. Imaginate esta situación: se trata de hombres que venían de alguna aldea desolada del sur italiano y se encontraban con Buenos Aires, una ciudad que tenía otras dimensiones, otros ritmos y otra gente. La puja por el dinero era todo un tema: muchas venían con la expectativa de que su situación material iba a saldarse y cuando llegaban su pasar era aun peor. Advertían que, a pesar de las promesas, los hombres vivían en conventillos en pésimas condiciones. Desafortunadamente, también se registran casos de agresiones, serias lesiones y homicidios en los que el marido asesinaba a su mujer.

-Qué fuerte. También centra su atención en los objetos materiales: ¿a qué se refiere?
-Los objetos y los sujetos interactúan. El valor que tiene una casa para una persona va mucho más allá de lo patrimonial o monetario. Son objetos que tienen cierta vitalidad cultural que, a su vez, cuentan con la propiedad de modificar la relación con los sujetos. Ahora bien, si nos referimos a los viajes, una cadenita, un retrato o un diario íntimo no constituyen materia inerte. Los diarios, por ejemplo, no solo actúan como confesores sino que son cuadernos con los cuales las personas establecen vínculos complejos durante sus viajes. La nostalgia es una emoción que opera muy a flor de piel, que guarda relación con la separación geográfica de los individuos respecto de sus lugares de origen pero también con el paso del tiempo y la transformación de las memorias.

-La nostalgia y las memorias es un tema que también le interesa. Lo aborda en su libro “El viaje de los niños. Infancia, Inmigración en Memoria en la Argentina de la Segunda Posguerra” (2012).
-Sí, allí entrevisté a niños que habían vivido la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial y luego habían venido como refugiados a Argentina. Ellos narran cómo al volver a sus países de origen, luego de la caída del Muro de Berlín, se reencontraron con sus antiguas casas. Un anhelo que habían alimentado con la emoción de la nostalgia durante mucho tiempo y que, una vez que volvieron a visitar –cuando su recuerdo finalmente se transformó en realidad–, experimentaron de una manera muy distinta. En general decían: “Todo me parecía más pequeño”. Por ello es que los viajes obligan a sus protagonistas a renegociar sus memorias todo el tiempo. Las emociones, las migraciones y las memorias se cruzan, nos interpelan y tocan nuestras raíces sentimentales más profundas.

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