“Si no existieran las vacunas, nuestro promedio de vida se reduciría de manera notable”

Según estimaciones de UNICEF, la vacunación masiva salva las vidas de 3 millones de niños por año. Sin embargo, más allá de que la enorme mayoría de la humanidad ha comprendido los beneficios (eficacia y seguridad) de la vacunación para la erradicación de enfermedades gracias al aporte de evidencia científica, a veces se vuelve necesario revisar mensajes mediáticos que permean el sentido común e instalan falsas disyuntivas. Mitos, capas de discursos sedimentados que la ciencia está acostumbrada a derretir bajo el sol del conocimiento. En esta ocasión, Mario Lozano, docente investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), opina sobre las vacunas y sus anticuados detractores.

-Los brotes de pseudociencia y las teorías conspirativas de todos los colores y estilos han existido a lo largo de la historia. ¿De qué manera pueden combatirse los discursos de este tipo?
-Puedo contestarlo con un ejemplo singular. Si uno observa la película “Intensa-mente” puede advertir que existen 5 características fundamentales que componen la personalidad de la niña protagonista: alegría, temor, furia, desagrado y tristeza. Los movimientos antivacunas se basan en muchos prejuicios que constituyen y forman parte de nuestra personalidad y, sobre todo, sacan provecho del miedo social. De hecho, sobre esta sensación también se construyen las campañas políticas en todo el mundo. Representan, desde mi perspectiva, una mirada bastante medieval respecto de la vida, donde el conocimiento científico y el discurso lógico no tienen espacio.

-Se trata de imaginarios oscurantistas, propios de otras épocas…
-Es que como todos sabemos, aunque desde hace muchísimo tiempo existen evidencias, datos e información de sobra que prueban la efectividad de la vacunación, no son suficientes para conmover la fe y las creencias de aquellos grupos de personas que se oponen a rajatabla.

Ahora bien, ¿por qué se producen en este momento, cuando –a priori–, el mundo dispone de más ciencia y tecnología que nunca?
-La causa exacta no puedo conocerla, aunque es posible establecer algunas hipótesis al respecto. En las últimas décadas se han generado procesos sociales que conducen a que las personas sospechen de las instituciones (familia-escuela-Estado-partidos políticos), porque no brindan respuestas a sus necesidades básicas. Y si las referencias se pierden, se vuelve muy difícil encontrar el rumbo. Por tanto, es lógico –ante su mal funcionamiento– que las poblaciones comiencen a desconfiar de aquello que se creía seguro y se refloten discusiones que ya estaban saldadas. En el caso de las vacunas, según parece, hay asuntos que todavía debemos explicar.

-¿Cómo cuáles?
-Casi todas las vacunas tienen efectos secundarios. Lo que ocurre es que la gran mayoría son tan mínimos que ni siquiera nos generan problemas considerables. El sistema de salud en Argentina (así como ocurre en la gran mayoría de los Estados) no está enfocado en el individuo sino que apunta a la sociedad. Entonces, ante una vacuna que conlleva un efecto colateral grave en el 0.01% de la población, aquella familia que por cuestiones estadísticas afrontó el infortunio expresa su malestar individual que, luego, puede transformarse en miedo colectivo.

-Se requiere de una mirada compleja y, sobre todo, histórica del asunto…
-A lo largo del tiempo, los seres humanos generaron mecanismos tecnológicos que los resguardaron –y aún lo hacen– de los depredadores microscópicos y macroscópicos. Las vacunas, en este sentido, constituyen una herramienta fabulosa y si no existieran nuestro promedio de vida se reduciría de manera notable. Asumir su defensa, al mismo tiempo, no implica desconocer cómo se comportan los principales actores de la industria farmacéutica, cuyo principal objetivo siempre es la ganancia y, en un segundo plano, se preocupan por resolver los problemas de salud de la gente.

-Aunque en un principio se nieguen, luego los antivacunas son los primeros en visitar a los médicos cuando su propia situación de salud o la de un ser querido comienza a ser preocupante. ¿Cómo se explica esta paradoja?
-Bueno, no puedo hablar por la gente pero lo primero que se me ocurre decir es que ningún padre quiere que su hijo se muera. Esta elección tardía de consultar un caso con los especialistas –en vez de las recetas mágicas o pseudocientíficas– se sustenta en que, por lo general, se tiene una mirada más favorable de los tratamientos post-enfermedad que de las estrategias de prevención. Como la vacuna es un instrumento preventivo goza de menos prestigio. Además, su carácter de bien colectivo se refuerza por el denominado “efecto rebaño”.

-¿De qué se trata?
-En las sociedades en las que las tasas de vacunación son muy bajas, las posibilidades de que se dispersen los virus es muy alta y los que no están vacunados son los que más sufren. El efecto rebaño es el sistema de barreras que construye una población vacunada sobre los individuos que no lo están. Hay personas alérgicas a un determinado compuesto, o bien, individuos inmunodeprimidos que generan un porcentaje de sujetos que no pueden recibir ciertas dosis pero que de cualquier manera no se enferman porque la infección no logra propagarse. Hay un ejemplo que resulta muy útil para ilustrar el concepto.

-Adelante.
-En un aula con 50 personas, si el 90% están vacunadas (45 individuos), las 5 restantes no transmiten el virus. En cambio, si solo 25 están vacunadas, los contactos directos entre las no vacunadas son más corrientes y pueden ocasionar una epidemia. Por ello, la perspectiva de la salud pública en el tema vacunas es central: debemos ser solidarios, saber que es un esfuerzo colectivo y que nos obliga a cuidarnos entre todos.

-Afortunadamente, en Argentina el calendario de vacunación se respeta bastante…
-Sí, claro, para nuestra suerte no tenemos el problema de los antivacunas que hoy en día afrontan en EEUU y Europa. Allí, su influencia ha reverdecido la tasa de las personas enfermas de patologías que se creían controladas, como el sarampión.

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