(Re)pensar la educación, he aquí la cuestión

“Me gustaría ser una narradora de historias… pero sin normas APA”, así proyecta Cecilia Elizondo deshacerse del formato que regula la escritura académica, con dosis equivalentes de frescura y valentía. En esta entrevista, la licenciada en Educación por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y Comunicadora Audiovisual (UNLP) recorre con intensidad el camino de sus intereses y anhelos. Describe, al comienzo, de qué van sus investigaciones sobre cine y escuela; para luego deslizarse hacia un área que -como docente de Pedagogía e investigadora del Centro de Estudios de Historia, Cultura y Memoria (CEHCMe)- la tiene preocupada desde hace tiempo: el hermetismo de la escritura académica. Producciones escritas que, como no fueron pensadas para ser leídas, efectivamente no lo son.

-Sus investigaciones se concentran en un objeto muy puntual: las representaciones de la escuela en el cine argentino. ¿De qué se trata?
-De revisar, situar y analizar las producciones cinematográficas nacionales que tienen como temática central a la escuela. En principio, como parte de mi tesis doctoral en Artes (UNLP), trabajo con un corpus muy amplio -films de 1940 a 2010- que me permite trazar un arco de 70 años de historia. Me interesa particularmente observar cómo el cine argentino ha representado el universo escolar en distintos momentos y cómo dialoga ese registro con los contextos históricos de producción.

-¿Y qué analiza puntualmente?
-Por ejemplo, entre 1940 y 1950 hay un boom de films de “escuelas de señoritas” -también llamadas “internados de señoritas”- que visualizan una dimensión muy interesante sobre la educación de la mujer. Esto permite analizar cómo el cine, muchas veces, ha contribuido a fortalecer ciertas corrientes pedagógicas, pero también imaginarios sobre la escuela y los sujetos que la habitan.

-Es decir que le interesan las relaciones entre la escuela, los imaginarios que se construyen respecto de ella y los sujetos. Una tríada interesante…
-Sí, claro. Esto me permite pensar al cine y las imágenes como fuente; pero también reflexionar acerca de cómo el cine ha mirado a la escuela; y analizar qué imágenes se eligieron para narrar asuntos corrientes como “la autoridad docente”, “el saber”, “el poder”, “la humillación”, “el afecto” y “el deseo”. Desde otro punto de vista, tal vez más pedagógico y contemporáneo, se puede trabajar esta tríada en relación a un sentido subyacente que debe deconstruirse y podría sintetizarse más o menos así: “La escuela vieja y rancia habitada por sujetos jóvenes absorbidos por las imágenes y la tecnología”.

-¿A qué se refiere?
-Es una afirmación repetida y archiconocida que necesita ser indagada en profundidad. La trabajo mucho con mis estudiantes en las clases de Pedagogía. Pienso que primero sería bueno ponerla en duda y hacer algunas preguntas.

-¿Cómo cuáles?
-Por ejemplo: ¿qué es eso que está viejo?; ¿es una materialidad?, ¿un discurso?, ¿un lenguaje?, ¿remite a formas de vincularnos? En concreto: ¿fue “nueva” la escuela alguna vez? ¿No hay nada más que imágenes y tecnología en los jóvenes? Esta especie de ejercicio socrático que solemos hacer en clase permite descansar un poco de todo eso que debemos decir sobre el problema (que en general lo repetimos de otros), para situarnos en un terreno no explorado que parece estar más cerca de nosotros mismos, y que además nos involucra singularmente.

-Eso de “estar más cerca de nosotros mismos” se vincula mucho con la temática central de sus últimas publicaciones. Una preocupación, básicamente, por el estilo de la escritura académica y su público destinatario…
-Precisamente, quebrar sentidos comunes tiene que ver con la forma en que nos situamos para pensar y para escribir. Sobre cómo pensamos, en qué lenguaje lo traducimos e inmediatamente quiénes se nos aparecen en frente. Vos decís “público destinatario”, yo le digo “fantasmas”. La academia suele ser un círculo muy extraño… al menos lo vivo con extrañeza. Me refiero a que en la producción académica, más que en otros espacios, hay una intensa mirada omnipresente que muchas veces nos anula al momento de escribir.

-¿En qué sentido?
-Es una mirada que carga con cuestiones personales, pero también con el peso de las instituciones; el peso de grandes relatos, maestros consagrados que alguna vez tuvimos y leímos, colegas reconocidos, directores, especialistas, referentes. La escritura, entonces, sale muchas veces teñida de esos fantasmas; en un lenguaje encriptado, árido, que no se parece mucho a nosotros mismos. No es una tarea sencilla, pero cuando uno logra deshacerse de ese “gran público” hay una fluidez en la escritura muy evidente.

-¿Por qué cree que los textos académicos son herméticos?
-El hermetismo tiene que ver con eso, un texto que se lo percibe apretado, aprisionado, inerte, que le falta algún sentido, alguna cercanía. Muchas veces existe un temor de aparecer en el texto, de que me vean, que me identifiquen. La academia puede ser a veces un tanto lapidaria y al mismo tiempo sobreprotectora; uno queda protegido en esa coraza normada, queda seguro, cómodo, agarrado, sin aparecer, sin exponerse; a eso me refiero cuando pienso en el hermetismo de los textos. Pareciera ser que todo tiende a quedar en el mismo círculo, todo nace y muere ahí mismo; nos leemos, nos juzgamos, nos defendemos y nos criticamos entre nosotros.

-Comparto. Eso debería transformarse de cara al futuro. Por cierto, la Universidad se prepara para cumplir 30 años. Si tuviéramos este diálogo en unas décadas, ¿qué le gustaría narrar sobre su hipotético presente y el de la Universidad?
-Qué momento para esta pregunta, este es un año en que particularmente el futuro es un tema muy sensible. Espero que se aliviane el camino para las universidades y para todos los espacios públicos de formación en general. En los próximos años, la UNQ estará llena de gente, sin dudas, y con muchas luchas y conquistas en su memoria. Mi hipotético presente, me cuesta pensarlo, pero me dejaste la palabra servida, me gustaría ser una narradora de historias…pero sin normas APA.

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