“Pareciera como si hubiera que pedir permiso para leer y escribir”

Si hay un momento maravilloso que tiene esta vida para todos los que tuvimos la gracia de ser alfabetizados es el instante en que aprendemos a leer; ese rapto único en que las letras se conjugan, las imágenes se dibujan en el cerebro y nuestra boca devuelve, de una vez y para siempre, las palabras. De la misma manera en que usualmente ocurre con otras prácticas –como andar en bicicleta, por ejemplo– una vez que el mecanismo se internaliza ya no hay regreso. Igual de mágica es la escritura: tener la posibilidad de imaginar otros mundos y recrearlos sobre un soporte material –siguiendo todas las reglas de estilo que la sociedad que nos antecede y precede propone– también es una actividad peculiar, de la que solo los humanos nos convertimos desde hace tiempo en orgullosos protagonistas. En los libros, nuestra especie encontró la excusa más brillante para moldear la memoria y perpetuar su legado sobre el mundo. O la cultura, que al fin y al cabo es un poco lo mismo.

Sin embargo, vale subrayar, las prácticas de lectura y escritura no son fijas ni mucho menos. Por el contrario, se transformaron a lo largo de la historia y aun lo siguen haciendo. ¿Cómo leemos y escribimos los humanos en 2019? ¿Cómo lo hacíamos en siglos pasados? ¿Quiénes lo hacían? ¿Quiénes tenían vedada esta posibilidad? ¿Por qué redactar bajo las normas que sanciona una institución tan anacrónica como la Real Academia Española? Sobre todo esto ofrece su perspectiva Mónica Rubalcaba, especialista en el área y referente de la casa.

-Los procesos de lectura y escritura no fueron siempre iguales. ¿Qué características se advierten en la actualidad?
-Las prácticas de lectura tienen un recorrido histórico que se vincula con el incremento en los procesos de alfabetización y la multiplicación de los soportes disponibles. En este sentido, cuando habitualmente escuchamos frases del tipo “Los jóvenes leen poco” y “Se lee menos que antes” se piensa de manera automática en la lectura de libros literarios o académicos y, en verdad, el fenómeno es mucho mayor. No solo se lee en contextos de esparcimiento o estudio sino que es una práctica que se ha diversificado a una escala muy importante durante las últimas décadas.

-La lectura estuvo vedada para la gran mayoría de la sociedad durante buena parte de la historia. Me refiero, por ejemplo, a la Edad Media y el monopolio de la palabra por parte del clero…
-Basta con pensar en los planes de alfabetización convertidos en políticas de Estado para afirmar que, sin dudas, se lee más que antes. Lo que está en discusión es, en todo caso, qué clase de géneros ocupan el podio de los más leídos. La biblioteca disponible de autores a comienzos del siglo XIX no es la misma que la que tenemos hoy. La lectura en pantalla –que se potencia en el siglo XXI y explota en la actualidad– redefine las prácticas lectoras; las vuelve más inmediatas pero también más fragmentadas.

-¿Qué ocurre con los jóvenes?
-Los jóvenes, normalmente, son los más estigmatizados cuando se debaten estos temas: que un adolescente no comprenda un texto de literatura clásica no quiere decir que no entienda otro tipo de textos; producciones que, de seguro, mantendrían a los adultos relegados. Una persona mayor que no esté habituada a los textos digitales posiblemente se pierda entre los links y las diferentes formas de hipertexto que ofrecen las plataformas de este tipo. Por otro lado, y al mismo tiempo, no se puede negar que la lectura de los llamados “textos complejos” (como pueden ser los de literatura clásica o de ciencia, etc.) necesita de un recorrido, es decir, de la construcción de un camino lector.

-¿Y ello de qué depende?
-Del apetito personal pero, sobre todo, de las condiciones de existencia y oportunidad. La UNQ está vinculada con una campaña de alfabetización de jóvenes y adultos en Berazategui y, contra todos los pronósticos, se detecta y comprueba que el 10% no sabe leer ni escribir. Es un tema enorme e invisibilizado; el Estado debe garantizar el acceso. Los consumos siempre serán diversos porque dependen de los escenarios culturales pero el asunto es que los derechos puedan ser ejercidos.

-¿Deberíamos preocuparnos si las nuevas generaciones se pierden la lectura de obras clásicas, como puede ser Don Quijote?
-Si bien aquello que denominamos bagaje cultural pareciera ser un acuerdo en el cual todos deberíamos haber leído una determinada cantidad de obras, la trayectoria de lectura que cada uno realiza sigue pautas muy personales y privadas. Hace algunas décadas era muy común que todos los estudiantes hubieran leído Don Quijote, Crimen y castigo o Rayuela. Desde mi perspectiva, son mucho más valiosos los consejos de aquellos estudiantes que me han puesto en contacto con otras lecturas que mi formación no posee. Se tejen vínculos y redes entre saberes que generan una retroalimentación muy positiva.

-¿Por ejemplo?
-Cuando mi hijo más pequeño me mostró lo que era el rap, de pronto, logré vincularlo con la payada que protagoniza la obra El gaucho Martín Fierro. Son posibilidades que otorga la lengua, rasgos que se cruzan y tornan más bonita nuestra comprensión de aquello que denominamos realidad.

-¿Qué hay de la escritura? Todavía la Real Academia Española sigue con sus reglas… Un tanto anacrónica, ¿no?
-Hablar de escritura no es hablar de normas ni de leyes, sino que guarda relación con la posibilidad de construir conocimientos, compartir afectividades y emociones, fabricar y participar de mundos ficcionales. Tiene que ver, en definitiva, con muchas cosas más que aquellas que la Real Academia Española podría proponer desde el lugar que ocupa: el de normativizar una gramática y un diccionario. Ahora bien, hay un tema anterior que tiene que ver con pensar si lo que nosotros hablamos es español. En verdad, lo que llegó a América fue el castellano, ya que el español remite a una construcción de siglos posteriores, signada –como es bien sabido– por cuestiones políticas y relaciones de poder.

-Y, lo que aun significa más, el castellano posee enormes variantes entre todos los países en los que se utiliza.
-Tal cual, los argentinos hablamos en un castellano rioplatense que, más allá de las diferencias, compartimos con Uruguay. Distintas variedades dialectales son empleadas en otros países de Sudamérica. Una vez más es necesario repensar el rol de la Real Academia como entidad capaz de decidir y dirigir los modos en que se piensa y se escribe en una lengua. Tiendo a confiar en que son los propios hablantes los actores más adecuados para realizar esa actividad. En el último tiempo se ha incrementado la popularidad de los “contra” o “anti-congresos” que se celebran en paralelo a los eventos oficiales, como el Congreso Internacional de la Lengua Española en marzo de este año. A veces pareciera como si hubiera que pedir permiso para leer y escribir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *