En 2019, el arte se vuelve experimento

El campo artístico es susceptible de ser investigado desde diferentes perspectivas y herramientas. En este sentido, si bien, por un lado, se hallan los trabajos vinculados a las producciones teóricas más tradicionales (papers, libros); por otra parte, también resulta fundamental que los artistas dispongan de espacios e instrumentos necesarios para involucrarse en el arte de experimentar. Sobre todo, si se tiene en cuenta que cualquier obra no es el resultado de mentes geniales si no, más bien, de un enorme esfuerzo y de un prolongado trabajo de prueba y error. Porque a la hora de improvisar se necesita estar bien preparado.

Bajo esta premisa, en 2019 estará listo el nuevo Taller de Experimentación Artística de la Escuela Universitaria de Artes (EUdA) de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Su construcción y diseño será financiado a partir de una partida del Programa I+D+i y, además, por un considerable esfuerzo presupuestario que corre por parte de esta Universidad. El Taller ocupará un espacio que hoy está asignado al estacionamiento y linda con la Planta Supersopa. En efecto, para conocer más sobre esta iniciativa, nadie mejor que Diego Romero Mascaró, director de la EUdA y docente investigador de la UNQ. En esta oportunidad narra de qué se trata el proyecto, al tiempo que explica las singularidades de investigar en el escenario artístico.

-¿De qué se tratará el nuevo Taller de Experimentación a inaugurarse el próximo año?
-Es un espacio que nos permitirá realizar investigaciones artísticas de la manera que nosotros necesitamos. Requerimos, esencialmente, de espacios grandes para ensuciar, probar, construir y destruir; ámbitos de auténtica intervención. En una Universidad como la nuestra –que apuesta al robustecimiento del área de investigación– los artistas requeríamos de otras condiciones que demandaban las propias características de nuestro objeto. En un clima social y económico adverso, esta casa de estudios asumió el compromiso de concretar un sueño para muchos miembros de la comunidad.

-¿Será un espacio multidisciplinario?
-Sí, por supuesto, la idea es conjugar todos los proyectos en un ámbito que tenderá a ser multiuso. Las subdivisiones serán flexibles y estarán vinculadas a las necesidades de investigación que surjan de preguntas comunes a diversas carreras. Me refiero, por ejemplo, a un espacio de realidad virtual; un área de electrónica; así como también a un “Taller sucio” que habilite la acción de máquinas, soldadoras y sierras, para fabricar nuestros propios insumos de trabajo. El objetivo es que todos se sientan incluidos y partícipes de este nuevo lugar.

-En esta línea, estamos acostumbrados a definir al arte a partir de su vínculo con la creatividad y la libertad, mientras que la ciencia estaría más asociada al orden y su método. ¿Cómo se investiga en el campo artístico?
-En el arte existen investigaciones musicológicas, o bien cinematográficas, cuyas producciones finales son teóricas (un paper, un libro) y se asemejan al tipo de trabajos que se realizan, por ejemplo, desde Departamento de Ciencias Sociales. También están aquellas que cumplen con las rigurosidades más próximas al marco provisto por el Departamento de Ciencia y Tecnología (como ocurre, en la actualidad, con los aportes del Laboratorio de Percepción Sonora). Luego, se hallan las investigaciones vinculadas al campo del desarrollo de software (para espacialización de sonidos, por caso) y de hardware (susceptible de ser implementado en obras artísticas).

-El objetivo, entonces, desde la EUdA está en enseñar a los estudiantes y jóvenes investigadores a comprender las producciones artísticas que realizan otros, pero también a producir sus propios trabajos…
-Exacto. Es importante cubrir ambos aspectos y, con ello, se torna posible deconstruir la idea del “genio iluminado”. Prefiero pensar en que hay gente que consigue buenos resultados en menos tiempo que otra; aunque la actividad artística tiene mucho más de trabajo riguroso que de iluminación. Eso que se conoce como “chispa”, que comprende la emergencia de una idea novedosa y original y ocurre en un segundo, en verdad, solo constituye el 2% de una obra. De hecho, lo más importante es el esfuerzo, el oficio, todo aquello que estudiamos. El propósito, en este sentido, es que los estudiantes adquieran una actitud artística frente a la vida.

-¿A qué se refiere con ello?
-Al desarrollo de una sensibilidad particular para que cualquier fenómeno de la vida cotidiana pueda disparar potenciales hechos artísticos. Sin ir más lejos, en algunas carreras de la Escuela los estudiantes deben entregar una obra como trabajo final.

-En esta línea, ¿cuáles son los límites de aquello que –efectivamente– se considera una “obra artística”?
-Es un tema intrincado que siempre está en tela de juicio y en discusión permanente. Desde mi perspectiva, puede considerarse “arte” a cualquier producción que haya sido realizada con sinceridad y profesionalismo. Luego, puede ser más o menos vanguardista, pero esta cuestión ya constituye un matiz secundario dentro de los parámetros que nos interesa evaluar. El empleo de tecnologías constituye nuestra marca distintiva; somos respetados internacionalmente en este rubro.

-Por último, ¿cómo definen la incursión tecnológica dentro de las artes? En concreto, ¿cómo es vista por la academia?
-Hay algunos sectores de la academia que se estacionaron en el siglo XIX. Desde allí, por supuesto, no está bien vista la posibilidad de incorporar tecnologías al escenario de la producción artística. Me refiero al acceso a computadoras verdaderamente potentes que en el campo sonoro permiten la realización de acciones que, hace veinte o treinta años, eran impensadas. Las estrategias de hardware y software abierto permiten, en la actualidad, la circulación de conocimientos y la hibridación interdisciplinaria. Las cosas han cambiado, los artistas ya no trabajan solos; y, por ello, el desarrollo tecnológico funciona como una herramienta muy potente al momento de crear nuevas propuestas artísticas.

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